ALUBIA LOSINA

Alubia Losina

Fieles a una tradición

Esta es la historia de un reto personal. Empezó como una lucha con la conciencia de una misma (la mía) y se transformó en un pulso con quienes podían ayudarme a ponerlo en marcha (mi familia). Vengo de una familia de agricultores en la que no he seguido la tradición familiar. Aunque en casa nos ha tocado colaborar en muy pequeña medida con alguna de las tareas el campo, todo lo que se refiere a la preparación de la tierra o los cuidados de los sembrados, me quedaba grande, y aún me queda, pero mis padres se encargan de que se vayan acortando las distancias. El día que, en el pueblo, sugerí utilizar un pequeño trocito de tierra para sembrar alubias, como anteriormente hicieron mis abuelos, me miraron como si me hubiera dado un grandísimo golpe en la cabeza y estuviera diciendo barbaridades. ¿Y por qué no? La verdad es que al final no tuve que esforzarme mucho en que dieran el brazo a torcer. Es más, acabaron implicándose absolutamente todos en el proceso: mi padre aró, retobateó (*) e hizo surcos para sembrar patatas y me cedió un pequeño espacio; mi abuela se encargó de buscar la semilla que ella consideraba más adecuada y nos indicó cómo sembrarla; y mi madre directamente se vino con nosotros a la finca y nos enseñó a poner en práctica la teoría de la abuela. Durante aquel verano, la familia paseaba rumbo a la finca de las alubias. En el fondo, se convirtió en un reto para todos. Al principio, en la familia se burlaban y decían que las alubias no iban ni a nacer. Una vez que nacieron, me decían que no iban a echar flor. Después de que echaron flor auguraban que las alubias no iban a granar. Después de que granaran me decían que no llegarían a madurar. Y, así, pese a estas predicciones tan agoreras acabamos recogiendo, durante aquel primer año, alrededor de 100 kilos de alubias rojas y unos 40 de alubias blancas. Ya voy por el séptimo año de siembra.

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